Rafael Montes
MÉXICO, D.F., febrero 26 (EL UNIVERSAL).- Los rostros de los policías son todos iguales: duros, pétreos. Detrás de la careta de sus cascos no hacen gestos, sólo obedecen órdenes. Ese es el rostro que el gobierno del DF da a los vecinos inconformes por la operación de la Arena Ciudad de México, en la delegación Azcapotzalco.
El ambiente en las colonias aledañas al centro de espectáculos que este sábado esperaba a 17 mil 500 asistentes, es tenso, como si la pólvora estuviera regada y alguien jugara con un cerillo cerca de ella. Hay granaderos por aquí y por allá. Adonde van los vecinos, organizados en grupos de 10 ó 20 personas, ahí caen 30 ó 40 uniformados, toscos, con escudos y rodilleras de plástico duro.
El primer choque fue en el callejón de Los Ángeles. Ahí marchaban unos 30 vecinos, acompañados de dos visitadores adjuntos de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, Miguel Alberto Lozano y Jorge Jiménez.
Salieron del deportivo Reynosa y caminaron en sentido opuesto a la Arena Ciudad de México.
El plan de movilización era recorrer las colonias, los pueblos y los barrios a los que ese monstruo con estacionamiento para 5 mil automóviles les puede cambiar la vida.
Pero apenas entraron en el callejón y ya había policías por ambos lados. Caminaron frente a frente y dejaron a los manifestantes encerrados y sin posibilidad de moverse durante más de dos horas.
Un joven, de barbas y cabello largos, Constitución en mano se puso a leer en voz alta las garantías individuales que la Carta Magna le concede a todos los ciudadanos. Que si la libertad de expresión, que si el derecho a manifestarse, que si el libre tránsito, que si la vida digna.
Pero esas palabras se las llevó el agua de la lluvia con granizo que caía en ese momento.
En los alrededores, otros vecinos se percataron de la acción policiaca, en la que también fueron encerrados los visitadores de la CDHDF. Lanzaron cohetones al cielo. Y de las casas de estas colonias de Azcapotzalco empezó a salir la gente. La preocupación y el coraje corrieron a la par de la noticia de que sus compañeros estaban siendo privados de su derecho a la manifestación.
Surgieron de aquí y de allá. Pretendieron bloquear San Pablo Xalpa, a la altura de la entrada al pueblo de Santa Bárbara. Pero cayeron los granaderos. Otros corrieron a cerrar Montevideo. Pero cayeron los granaderos. Incluso, unos 30 policías, incluidas mujeres de ceño fruncido, encapsularon a una anciana, a una joven, y a una madre con su hija, encima de la banqueta.
En otros puntos de las colonias periféricas, los vecinos se siguieron organizando conforme avanzaban las horas y sin importar la lluvia. Y los callejones y las calles estrechas se llenaron de granaderos.
Afuera de la Arena Ciudad de México, rostros sonrientes y cabelleras rubias se alistaban para presenciar el espectáculo con el que se estrenaría el inmueble, propiedad de la familia Salinas Pliego.
En las vialidades inmediatas al auditorio se desplegó un operativo de agentes de Tránsito para agilizar la circulación de quienes llegaban al recinto y de los que sólo iban de paso. Ahí no había granaderos, sólo caras amables y uniformes fosforescentes abriendo el paso.
Hasta iniciada la noche del sábado el clima en Azcapotzalco se mantenía en la zozobra. En numerosas calles se instalaron retenes de granaderos, esquina tras esquina, para desactivar cualquier movilización.
Y es que a pesar de la mediación del personal de la CDHDF, los rostros de los policías, incluidos los jefes, seguían siendo los mismos: duros, pétreos.

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